PRESENTACIÓN DEL BLOG

PRESENTACIÓN DEL BLOG

PRESENTACIÓN DEL BLOG POR PARTE DEL PÁRROCO.

Antonio Bellido Almeida, Párroco.

"Se hace camino al andar"

Antonio Machado.

Comenzamos en el nombre del Señor este Blog que pretende ser la voz de la Iglesia, la voz eulaliense, la historia viva y vívida y el proyecto es vida de vuestra Comunidad Parroquial de Santa Eulalia de Mérida, en Mérida.

"Se hace camino al andar", decía Machado. Habrá que corregirle. Ahora se hace estela al volar. Los potentes medios de comunicación , especialmente "Internet", con el que alucino, sobrevuelan el planeta y al instante. Queremos, pues, sumarnos al progreso y llamar a todas las puertas con nuestras alforjas de palabras, proyectos, ilusiones, historias. Y a compartir y a servir.

"Id por todo el mundo y predicad el Evangelio"(Mt. 28, 19), decía Jesús a la naciente Iglesia. Hoy, nos invita y nos anima desde las fabulosas posibilidades que la técnica pone en nuestras manos. Aquí encontraréis un rincón amigo, una mano tendida, una palabra gratis. Aquí estamos cargados de esperanza en este milenio que vivimos. Aquí encontrarás la piedra y la palabra que nos hablen de la "Bien-hablada", Eulalia.

Aquí tienes la Basílica de Santa Eulalia, alma y almario de una mártir singular, aquí tienes la historia más antigua jamás contada del Cristianismo peninsular. Aquí nos tienes oteando futuros y con los brazos extendidos.

Patrona

Patrona

celestial patrona

Santa Eulalia Celestial Patrona de la Juventud de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz

dios te bendigA

DIOS20TE20BENDIGA1.gif picture by amandavivina

tiempo lit.

Tiempo Ordinario. Color Verde.

síguenos

Parroquia Santa Eulalia de Mérida

bASÍLICA mENOR


LA PARROQUIA SANTA EULALIA DE MÉRIDA
DECLARADA BASÍLICA MENOR
POR SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO
DURANTE EL PONTIFICADO DE DON SANTIAGO GARCÍA ARACIL 
Y PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS DON ANTONIO CAÑIZARES LLOVERÁ.

miércoles, 24 de febrero de 2016

V I A C R U C I S (desde las Obras de Misericordia). Antonio Bellido Almeida.



                                                    “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese
                                                           a sí mismo, cargue su cruz, cada día y sígame”
                                                              (Lucas 9,23)


            -En la pasión del hombre, la Pasión de Cristo-


Primera estación de Misericordia:   “Dar de comer al que tiene hambre”


Canto:  “Cantaré eternamente las misericordia del Señor,
              anunciaré  tu fidelidad por todas las edades” (CLN nº 512)

               El pan. Compendio de lo que el hombre necesita. En el principio, el pan. El pan y el hambre. Y el hombre.
               Dijo Dios: “Comerás el pan con el sudor de la frente” (Gn 3,19). ¿Y cuando sudas y no tienes pan? ¿Y cuando comes pan con el sudor ajeno? Porque hay:

                              - “Pan de ociosidad” (Prov 31,27) –“El pan de la impiedad” (Prov 4,17)
                              - “Pan de asedio y aguas de opresión” (Is 30,20)
                              - “Pan de lágrimas” (Salmo 42,10)
                              - “El pan que como es ceniza” (Salmo 102,10)
               Dice la Oración dominical: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt 6,11)
               Dice “nuestro”, plural. Pan para todos y si no: “Dadle vosotros de comer” (Mt 14,16)
               Y si no nos juzgará:  “Porque tuve  hambre y no me disteis de comer…” (Mt 25,42)
               Es más: “A los pobres –a mí- los tendréis siempre con vosotros” (Jn 12,8).
                              Primera Obra de Misericordia: Dar pan, “parte tu pan…” (Is 58,7)
                              Millares de personas sufren la ausencia del pan. Y Cristo en ellos.
                              Primera Obra de Misericordia, y de humanidad y de justicia.
                              Perdón, Señor, que aunque no pasa hambre soy un miserable.

Canto: “Misericordia, Señor, hemos pecado” (CLN –D 13)


Segunda Estación de Misericordia:  “Dar de beber al sediento”.


Canto:  “Cantaré…”

               El agua. La fuente de la vida. En el principio, el agua: “Un manantial brotaba de la tierra y regaba toda la superficie del suelo” (Gn 2,6). La sed reseca, abrasa, mata.

Nadie tiene derecho a morir sin agua. El agua es de Dios. El agua es de todos.

               Cristo valora el agua y a quien la dona: “Ni un vaso de agua ofrecido quedará sin recompensa” (Mt 10,42)

               Cristo tuvo necesidad de agua: “Dame agua” (Jn 4,7) le pidió a una ramera, y le ofreció otra agua: “Te daré agua viva” (Jn 4,13)

               Cristo, que quiere que compartamos el agua, la transciende y dice: “El que tenga sed que venga a mí y beba y de sus entrañas brotaran ríos de agua viva” (Jn 7,37)

               Y al final murió sin sangre y sin agua (cf Jn 19,34) y por eso gritó: “¡Sitio!” (Jn 19,28), tengo sed.

               Lo había anunciado el salmista: “Mi paladar está seco lo mismo que una teja.
                                                                               Y mi lengua pegada a mi garganta;
                                                                               se me echa en el polvo de la muerte” (Salmo                                                                                    22,16)

               Segunda Obra de Misericordia: Apagar la sed de Cristo, de todos los sedientos. Cristo padece sed en los millones de “sedientos” del África profunda.

               Perdón, Señor. No valoro el agua. Malgasto el agua. ¿Qué hago vc. con los Proyectos de Manos Unidas que mitigan la sed de muchos hermanos?


               Canto: “Misericordia, Señor, hemos pecado” (CLN –D 13).

Tercera estación de Misericordia:  -“Visitar a los Enfermos”



Canto: “Cantaré…”


               La Salud. No se valora hasta que no se nos deteriora.

               La enfermedad aminora el ritmo de la vida, apaga los humos, rebaja la soberbia.

               La enfermedad puede conducirnos a la desesperación o a la sublimación oblativa.

               La enfermedad se originó en los albores de la historia, el enfermo no es causa ni consecuencia de su personal pecado. “¿Quién tiene la culpa de su ceguera, sus propios pecados o los de sus padres? Y Jesús respondió: Ni sus propios pecados ni los de sus padres tienen la culpa” (Jn 9, 2-3)

               Cristo, profetizado “Varón de dolores…, y con todo llevaba nuestras dolencias” (Is 53,3), en su singladura humana, visitó enfermos, curó, sintió lástima, tuvo misericordia y hasta resucitó muertos.

               Y nos dejó esta Obra de Misericordia: “Porque estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). ¡Ojo! Y la contraria.

               Hoy el “Impasible”, padece “en” nosotros. Los enfermos son Él. Está en el Sagrario y en el lecho del dolor, y en el valle de la soledad.

               ¿Cristo, ejercitó esta Obra?. ¿Visito, cuido, ayudo, socorro al Enfermo?

               Perdón, Señor, por tanto olvido. A lo más hago la “visita del médico”.


               Canto: “Misericordia, Señor, hemos pecado”




Cuarta estación de Misericordia:  “Vestir al desnudo”


Canto:  “Cantaré…”


               El Vestido. El vestido es de humanos. Dignifica, protege, vela, ampara.

               Vale que al principio no fue así. Dijo Yavé: “¿Quién te ha hecho ver que estas desnudo? (Gn 3,10)

               Luego es bueno y necesario.

               Dice el Eclesiástico: “Lo primero para vivir es pan, agua, casa y vestido” (Ecl 29,21)

               Dice Ezequiel convirtiendo el vestido en precepto: “Viste al desnudo” (Ez 18,7)

               Unos están  “desnudos”  por capricho, desvergüenza o provocación gratuita y otros están “desnudados”: Los expoliados, deshauciados, violados; los martirizados, desnudados de todo y de todos, a la fuerza y en injusticia.

               Cristo fue “desnudado” públicamente: “Los soldados se repartieron sus ropas” (Mt 27,32)

               Cristo sigue “desnudado” en los millones de “desnudados” a la fuerza.

               Perdón, Señor, por mis “desnudeces” escandalosas, físicas o morales.

               Perdón, Señor, por mis vestidos caros que humillan a los pobres de tus hermanos.
               Cuarta estación: Cristo, como en la Cruz, es desnudado en los pobres.

               Cuarta estación de Misericordia: Viste, reviste, cubre al hermano, a Cristo.


Canto: Misericordia, Señor, hemos pecado. (CLN –D 13)



Quinta estación de Misericordia: “ Dar posada al peregrino”.


Canto: “ Cantaré…”


               La Casa. La tierra entera es su casa (cf Os 8,1) y nuestra casa. La casa es espacio humano, esencial, íntimo. El techo y el abrigo, lar, hogar, domicilio y templo.

               No tener casa es vivir a la intemperie, sin raíces.

               El mandamiento antiguo: ser hospitalarios. Y no sólo a los “peregrinos”: “per = por “agra”: por los caminos, no sólo a los peregrinos religiosos.

               En peregrinos están los apátridas, exiliados. Israel recordaba: “Mi padre fue un arameo errante” (Dt 26,5). Y están los de hoy. 40 millones de desplazados malviven y esperan.

               Dar “posada”, casa, cobijo, asilo y recordar al profeta: “Ensancha el espacio de tu tienda” (Is 54,2).

               Jesús nació a la intemperie, porque “no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7).
               Cristo necesita Casas de Misericordia. Asilos, nuestras casas, y Voluntarios.

               Perdón, Señor, porque llamas y no te abro: “¿No ves que estoy llamando a la puerta? Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Apc 3,2)

               Perdón, Señor, por mis comodidades y mis miedos.

               Y que recuerde: “Porque fui forastero y no me hospedasteis”  (Mt 25,35)


               Canto: “Misericordia, Señor, hemos pecado”


 Sexta estación de Misericordia:  “Redimir al cautivo”.


Canto:  “Cantaré…”


               Prisiones. Tenemos la “libertad de los hijos de Dios” (Rom 8,21)

               La cárcel es prisión, cierre, recorte, muerte en la vida. No estamos hechos para la cárcel.

               Señor, tú, el libre, te encadenaste a nuestra carne, para redimirla.

               Señor, tú, el liberador de Israel, fuiste apresado, encarcelado para desde la “cárcel” para liberar a los cautivos.

               Los Mercedarios se entregaban como rehenes para rescatar a los prisioneros del Islam. Esa sí que es una Obra de Misericordia. Lo dijiste: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,12). Y tú, por los enemigos.

               ¿Cómo, Jesús, Cautivo de amor, vivo esta Obra de Misericordia?

               Hoy debemos liberar, redimir cautivos de vicios, ignorancias, carencias, drogas.

               Se proclamó un día: “Pregonad en la tierra la liberación para todos” (Lev 25,10)

               Y tú: “Me ha enviado a liberar a los oprimidos” (Lc 4,18)

               Que yo recuerde: “Porque estuve en la cárcel y me visitasteis” (Mt 25,36)

               Perdón, Señor, por mis cadenas que libremente elijo.

               Perdón, Señor, por no colaborar en la liberación de otros.


               Canto:  “Misericordia, Señor, hemos pecado.



Séptima estación de Misericordia:  “Enterrar a los muertos”.



Canto:  “Cantaré…”


               El entierro. Enterrar es devolvernos a la madre tierra de la que fuimos formados más el soplo de Dios (Gn 2,7). Y luego, como regresar a ninguna parte.
               Asumir la experiencia del entierro nos ayuda a valorar la vida y a vivirla con gozo, esperanza y realismo. Muere quien vive y vivirá eternamente quien cree. (cf Jn 6,40)
               Señor, tú dijiste: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25). Pero… moriste. Y después de muerto te enterraron, como a todo hijo de vecino. Y en un nicho de piedra, eso sí, prestado. Nuevo, sin estrenar, pero no era tuyo.
               José de Arimatea, laico, discípulo clandestino y Nicodemo, fariseo y todo, pero buena persona te ungieron con mirra y áloe, te envolvieron con vendas, te metieron en el sepulcro, pesabas mucho, y sellaron la piedra (cf Jn 19, 38-42).
               Esa obra era una buena y verdadera Obra de Misericordia: Enterrar a los muertos.
               Tobías –lo podíamos nombrar patrono de los enterradores, sepultureros- decía: “Di pan a los hambrientos y vestidos a los desnudos y si veía algún muerto lo enterraba” (Tobías 1, 17-18).
               Ahí encontramos –siglo V antes de Jesucristo- tres de las siete Obras de Misericordia Corporales.
               La Iglesia mimó, cuidó a los cuerpos cristianos que habían sido templos del Espíritu Santo. Ahí están las Catacumbas, bajo tierra, cementerio y templo, espacio para Vigilias. Ahí están los sufragios, de “sufragium” = ayuda, socorro. Lo encontramos en el segundo libro de los Macabeos: “Mandó hacer sacrificio expiatorio a favor de los muertos para que quedaran liberados de los pecados” (2 Mac 12,46).

               Enterrar, in-humar, es Obra de Misericordia.

               Ayudar, acompañar a los familiares es Obra de Misericordia.

               Perdón, Señor, si me olvido de los muertos o si me acostumbro a enterrar

               Canto:  “Misericordia, Señor, hemos pecado”.


Octava estación de Misericordia :  “Enseñar al que no sabe”.



















Canto:  “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvación” (CLN D-5)


               La Sabiduría. El hombre tiene sed de saber. La Sabiduría es Dios. El saber y el saborear a Dios es un don y el enseñar, una misión, un deber y una Obra de Misericordia.
              
               Cristo Jesús es el Maestro. Maestro con “autóritas”. Éste no enseña como nuestros maestros (cf  Mt 7,28). Él predicaba y daba el trigo. Él enseñaba con verdad.

               Era Maestro: “Me llamáis Maestro y Señor, y decís bien” (Jn 13,13). Y también nos mandó: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “maestros”, porque vuestro único maestro es Cristo” (Mt 23,8)

               Y con todo Él, el Maestro, a nosotros, sus discípulos, nos mandó enseñar: “Id y haced discípulos…, enseñándoles a observar lo que yo os he encomendado” (Mt 28,19).

               Nosotros, discípulos, que siempre hemos de aprender, estamos obligados a enseñar. No a enseñarnos. A enseñar su doctrina, su verdad.

               Somos “evangelizadores”, “cristóforos”, somos Cristo.

               Recordemos: “El que se avergüence de confesarme ante los hombres, yo me avergonzaré de confesarlo ante mi Padre” (Lc 9,27)

               Los padres, como Obra de Misericordia y de Justicia, enseñen, eduquen, testimonien.

               Los pastores sean misioneros de la Palabra, educadores en la fe, centinelas, profetas. Recordemos a Pablo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tim 4,2)

               Los Catequistas: Acompañar, iluminar “sin esperar nada a cambio”
               Todos somos hermanos de todos.
               Perdón, Señor, porque a veces “guardo” tu Palabra bajo el celemín.


               Canto:  Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101)


Novena estación de Misericordia: “Dar buen consejo al que lo necesite”.

















Canto: “Muéstranos, Señor, …”


               El Consejo. El sabio aconseja y se deja aconsejar.

               El buen Consejo al prójimo es Obra de Misericordia y de humanidad y de fraternidad. Y es además, un servicio gratuito: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10,8). No es ocasión de humillar, sino de dignificar, caridad con calidad.

               Somos, debemos ser “consiliarios”, consejeros. Dijo Caín: “¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?” (Gn 4,9). Somos guardianes, formadores, guías no ciegos, de los hermanos.

               Debemos escuchar al Espíritu Santo. Él es nuestro Asesor: “El Espíritu Santo os guiará a la verdad plena” (Jn 16,13).

               Cristo mismo fue profetizado como “Admirable Consejero” (Isaías 9,5).

               Muchos se alejan, se desorientan, se pierden, porque no tienen un ángel de luz humano en su camino. Pueden decirnos: “Vosotros, los hijos de la luz, ¿qué habéis hecho con la luz?” (F Mauriac).

               No seamos urracas acaparadoras, sibaritas de la sabiduría para goce personal. Cristo nos dice: “Brille vuestra luz delante de los hombre para que vean vuestras buenas obras y alaben por ello a vuestro Padre” (Mt 5,16).

               Aconsejar, asesorar, dar de lo que sabemos que no nos disminuye la sabiduría y recoger el mensaje de San Pedro: “Dar razones de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15)

               Perdón, Señor, por las veces que he ocultado mi palabra, tu Palabra, dejando a oscuras a mis hermanos de tinieblas.


               Canto: “Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101)




Décima estación de Misericordia: “Corregir al que se equivoca”.

















Canto:  “Muéstranos, Señor,…”


               El Error. El error es equivocarse, perder el camino, quedarse a media verdad, absolutizar lo relativo. La historia está cuajada de errores, de herejías y de pecados.

               Corregir al que se equivoca no supone que seamos mejores, pero si creemos, si nos mantenemos en la verdad, se cumple su profecía: “Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis mis discípulos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,32)

               Y desde la verdad podemos, debemos, con autoridad moral y celo evangélico, corregir a nuestros hermanos equivocados. “Humanum errare est”. Dice san Agustín: “Humano es errar, pero diabólico es perseverar con energía en el error”.
               Corregir al que peca o se equivoca es un acto de responsabilidad. Lo dice Pablo: “No le tratéis como enemigo; corregirle, más bien, como a un hermano” (2 Tes 3,15).
               Jesús nos marcó el iter: “Si tu hermano te ofende, corrígele a solas, si no te escucha díselo con testigos, si no, manifiéstalo a la comunidad” (Mt 18,15).
               La corrección puede traernos consecuencias, como a Juan Bautista con Herodes (cf Mt 14,4)
               No corregir, no sólo es omitir una Obra de Misericordia, si no caer en pecado de omisión o de silencio. Nos lo recuerda Santiago: “Saber hacer el bien y no hacerlo es pecado” (Sant 4,17). Desde el “silencio cómplice” nos hacemos con-culpables.
               “En boca cerrada no entran moscas”, decimos. Sí, pero no sale la palabra necesaria.

               La “Corrección fraterna” requiere por nuestra parte:
                              -Humildad, no creernos superiores, impecables. La soberbia repele.
                              -Pedagogía, buscar el momento oportuno, la palabra adecuada…
                              -Verdad en lo que denunciamos.
                              -Comprensión, compasión, mostrarnos humanos, hermanos.

               Perdón, Señor, por mi arrogancia o mis omisiones.


Canto:  “Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101)

Undécima estación de Misericordia:  “Perdonar las ofensas”.
















Canto: “Muéstranos, Señor, …”


               El Perdón. La Misericordia, el Perdón de corazón, es el oficio de Dios y el beneficio del hombre. Y una vez perdonados debemos ser perdonadores, misericordiosos.

               El Señor es el “Dios de los Perdones” (Nehemías 9,17)
                                            el “Dios de la Misericordia” (Daniel 9,9)
                                            el “Dios del Perdón” (cf Éxodo 34,6)
                                            el “Dios que ama al mundo” (Jn 3,16).

               Dios es el Padre que ama al Mundo –a los hijos de este mundo- como a su Hijo Unigénito. Si cabe más a nosotros, porque lo entregó a la muerte. “Envió a su Hijo como sacrificio por el pecado” (Rom 8,3), es más, le hizo “maldito” en “Maldito el que prende de un madero” (Dt 21,23). Es más, ¿podemos decir que lo hizo pecado?. Estremecen las palabras de Pablo: “En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!. A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21).

               Ahora el “Dios del Perdón” nos envía a perdonar: “Setenta veces siete” (Mt 18,21) Y nos enseñó y ató: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12)

               Oremos: “Señor, tu eres la Santidad, yo el pecado;
                                             tu eres el ofendido, yo el ofensor;
                                                tu eres la Ternura, yo la dureza de corazón;
                                                tu eres el Amor, yo la indiferencia y el frío”
                                                Que me abra a tu Perdón y regálale los perdones.
                                                Amén.



               Canto:  “Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101)



 Duodécima estación de Misericordia: “Sufrir con paciencia los defectos del prójimo”.
















Canto:  “Muéstranos, Señor,…”



               La Paciencia. ¿Viene de paz? Significa “ánimo largo”, de “ancho corazón”.

               La Paciencia es propia del Dios de la Alianza: “Yavé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la ira y rico en amor y fidelidad” (Éxodo 34,6).

               Jesús fue “paciente”, “pacífico” y “pacificador”, se muestra pedagogo. Y nos recomienda: “Con vuestra paciencia salvareis vuestras almas” (Lc 21,19)

               Fue paciente con los niños, con las masas, con los apóstoles, con los pecadores.

               La “paciencia” es fruto del Espíritu Santo en el corazón creyente (cf Gal 5,22)
               Obra de Misericordia: “Sufrir con paciencia…” Soportar, aguantar.
                                                            Sufrir: escuchar siempre.
                                                            Sufrir: con humildad, contención, perseverancia
                                                            Sufrir: defectos, fallos, miserias, achaques, años, pelmas.

               Y no es justificar defectos. Es ser misericordiosos con las “miserias” ajenas, con paz, como madre.

               El Dios de la Paciencia espera, aguarda, aguanta, disimula, perdona.

               Perdón, Señor, por no perdonar, ni aguantar al prójimo y a la prójima que me caen gordos, molestos, pesados inoportunos. Perdona mi no perdón que “justifico”.



               Canto:  “Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101).

Décima tercera estación de Misericordia:  “Consolar al triste”.













Canto:  “Muéstranos, Señor, …”


               El Consuelo. Consolar es oficio gratuito de madre. Es paño de lágrimas, regazo de ternura, aliento en el desaliento, cercanía de corazón en la soledad existencial.

               La Tristeza. Es tener apagado el corazón, instalarse en la noche sin estrellas. Morir sin muerte. Incluso, tristeza alimentada y consentida nos conduce al pecado.

               Somos débiles, “la carne es débil” (Mc 14,38), advertía Jesús. Somos vulnerables. Necesitamos palabras, a veces silencio solidario.

               En realidad sufrimos por dentro, solos. Necesitamos migajas de consuelo.
               “Consolar al triste”.

               Jesús lleg ó  a quejarse en una soledad radical, agónica, telúrica: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Jn 26,38). Él que había consolado a los pobres, tristes, enfermos. Consuelo como brisa de amor cargado de ternura para los acosados por la desgracia, la muerte cercana, la persecución.

               Dios consuela como:  -Pastor de bondad. (cf 40,11)
                                                           -Padre con ternura (cf Is 64,7)
                                                           -Madre entrañable (cf Is 49,15)
                                                           -Esposo con amor celoso (Is 54,5)
               Y luego manda: “Consolad, consolad a mi pueblo” (Is 4,1)

               Cristo profetizado Mesías, “Menahen”, Consolador de Israel, es consuelo y alegría de los entristecidos y podemos decir como Pablo: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y fuente de todo consuelo” (2 Cor 1,3).

               Y Jesús nos dice: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20)

               Perdón, Señor, por contagiar tristeza y no consolar, alegrar, al triste.


               vCanto:  “Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101)


Décima cuarta estación de Misericordia: “Orar por vivos y difuntos”.


Canto:  “Muéstranos, Señor, …”

               Orar. Orar es acceder al Misterio. Entrar en intimidad, llegar al Corazón de Dios, asombrarse y anonadarse y gozar y soñar y alegrarse.

               Jesús era el Orante. A solas: “Subió al monte a solas para orar” (Mt 14,23)
                                                                   “Se dirigió a un lugar apartado, de madrugada para                                                                                            orar” (Mt 1,35)
                                                                            “Una vez estaba orando en el huerto” (Lc 11,1)
                                                                            “Se pasó toda la noche orando” (Lc 6,12)
               Y en público: “Padre, Señor del cielo y la tierra…” (Mt 11,25)
                                        “Padre, si quieres…” (Lc 22,44)
                                        “Padre, perdónalos…” (Lc 23,34)
                                        “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46)
                              Y todo el capítulo 17 del Evangelio de Juan.

               Y luego nos mandó: “Padre nuestro…” (Mt 6,5-13). Siete peticiones.
                                                      “Pedid y recibiréis…” (Lc 11,5).

               Y prometió: “Si permanecéis en mí y mi Palabra  permanece en vosotros, pedid                                                      lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7)

               Y como con la Misericordia, recibir para dar.
                              Orar por los “vivos”, por lo que mal viven.
                              Orar por todo el que necesita, es decir por todos.
                              Orar por los “enemigos”, aunque duela: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mt 5,44)

                              Y orar por los Difuntos.
                              Por los míos.
                              Por los conocidos y desconocidos, todos hermanos.

               La Iglesia en la Eucaristía los recuerda: “Acuérdate también de nuestros hermanos…, que han muerto en tu misericordia” (Plegaria eucarística II)
               Perdón, Señor, por mi egoísmo hasta con los difuntos.


               Canto:  “Attende, Dómine, et miserere, quía pecavimus tibi” (CLN nº 101)



     I
         A
              C
                  R
                       U
                           C
                                I
                                    S 

                                      de   la   Misericordia.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada